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Un gintonic en la vieja coctelería del botxo

Ian Dingman

Carmen tiene una dulce sonrisa que no se corresponde con la nostálgica mirada de sus ojos. Regenta una antigua coctelería de la que ya nadie se acuerda en una callejuela del ensanche de Bilbao. Unas pocas lámparas iluminan de manera tenue la madera de la barra, el terciopelo verde rancio de los sofás y la moqueta burdeos. Ella se sienta en un taburete detrás de la barra mirando algún programa de madrugada que pasan por la televisión. Desde fuera es imposible adivinar que tras una puerta de madera se esconde un lugar ajeno al paso del tiempo.

Es raro que entre alguien al local, pero cuando eso ocurre su calma no se perturba. Da las buenas noches con cariñosa cortesía. En cierto momento mira el reloj que cuelga de la pared, reparte varios ceniceros Cinzano de aluminio por la barra y se acerca a la puerta a cerrar el pestillo del local. Allá fuera dicen que a cierta hora hay que cerrar, y que fumar en un local es delito. “Todo mandato es minucioso y cruel”, sentencia Benedetti. Carmen guiña un ojo, le gustan las frugales transgresiones. La escasa clientela fuma y el humo dibuja remolinos alrededor de las pequeñas lámparas.

El ritual se repite. Los hielos se agolpan entre las paredes del vaso de cristal. El caldo de cebada, enebro y cardamomo se abre paso entre las rocas y la quinina despierta el aguardiente. El remedio de las tropas británicas frente a la malaria en la India ahora se bebe, en el mejor de los casos, para acompañar una conversación. Una lámina de piel de limón se estremece y alegra la mezcla. “Algunos le echan hasta fresas, pero no hace falta”, dice mientras planta un posavasos bajo el gin tonic.

Asombra ver cómo ese lugar ha logrado zafarse durante tantos años del férreo mandato de la oferta y la demanda, de la tiranía de las modas, de la pérdida de su clientela habitual, aquella de cuando el “botxo” era una ciudad plomiza, y de la indiferencia de las nuevas generaciones. Es inevitable pensar estando allí que a este local le quedan los días contados. Carmen lo niega, o al menos no quiere creerlo. “Son ciclos”, se consuela. Esa débil sonrisa que contradice a su mirada, una vez más.

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