La pregunta “¿tiene sentido tener alma?”, por Gregorio Luri, o cómo ensanchar los límites del diálogo público

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El Dr. Washington Epps toma el pulso al propio pintor, Lawrence Alma Tadema. 1886. Museo de Arte Carnegie.

En 2016, científicos del Hospital de Niños de Filadelfia presentaron los primeros resultados de su proyecto de úteros artificiales. El objetivo de este proyecto era paliar la extrema prematuridad en los partos, principal causa de mortalidad y morbilidad neonatal. Esta noticia permite plantear el asunto del aborto de una forma novedosa. La pregunta por la humanidad del neonato – aquello que los científicos han descubierto como digno de cuidado – no vendría señalada esta vez desde la religión. La que en el imaginario popular es la “impertinente” encargada de frenar el progreso o la libertad. Sino desde la misma ciencia.

Con mis alumnos de la asignatura de Introducción a los Estudios Universitarios en la Facultad de Comunicación de la Universidad Francisco de Vitoria estudiamos cómo un universitario debe liberarse de los planteamientos reduccionistas, también en la esfera de la opinión pública. En este asunto, el esquema mental al que estamos acostumbrados las ideas proaborto-proelección-progresismo se contraponen a provida-conservadurismo-religión. La ciencia parece haber sido fichada en el equipo de los primeros. Pero ejemplos como el proyecto del Hospital de Niños de Filadelfia revientan ese eje, y son un buen punto de partida para restablecer una reflexión profunda y seria sobre qué significa la humanidad. En otras palabras, quién es el hombre y cuál es su especificidad.

Y esta es la pregunta (“¿Merece la pena tener alma?”) que se planteó el pasado 31 de abril Gregorio Luri en una conferencia impartida dentro del ciclo de encuentros virtuales que está organizando la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán.

Como Josué rodeando las murallas de Jericó – tal y como advierte Ortega que deben abordarse los asuntos difíciles en sus navegaciones – atacó este asunto por el lado en el que todo el mundo puede estar razonablemente de acuerdo: la constatación de que en nuestra biología (la mirada, el sonrojo de las mejillas o la sonrisa) se revelan aspectos de la vida humana tan poco materiales como la vergüenza, la alegría o la ternura. La vergüenza, concretamente, nos invade cuando “descubrimos que estamos por debajo de nuestras posibilidades”. Y al contrario, la satisfacción y el orgullo aparecen en nosotros cuando “estamos a la altura de nuestras posibilidades más altas”. Mientras que en la primera “somos conscientes de nuestra responsabilidad en la contaminación de algo bueno”, en la segunda reconocemos una “rebaja de nuestra altura moral”.

El hombre descubre en sí una pugna “entre lo mejor que podemos ser y la inercia de lo que somos”. “Toda alma está originalmente enferma”, afirma Luri. Esta enfermedad es esa distancia dramática entre lo que somos y podemos llegar a ser. Que si bien la biología – el sonrojo, la sonrisa, la mirada – lo revelan, ésta no puede ser su instancia.  Tanto lo mejor como lo peor no lo encontramos en nuestras moléculas, sino en la memoria: nuestra vida está trufada de experiencias de vergüenza y orgullo. Pero éstos recuerdos se encuentran “dispersos”. Es gracias a la imaginación donde avistamos un ideal integral de nosotros mismos, y siempre proyectado hacia el futuro.

La preocupación por esta ruptura interna del hombre y su instafisacción ha sido el gran tema de la tradición occidental en su ocupación por el cuidado del alma, de la mano de una forma mentis teorética que dio lugar a la filosofía y la ciencia. Qué distinto es pensar al hombre únicamente en su condición corpórea a hacerlo, también, en esa instancia que trasciende lo material.

Nuestra cultura nos puede presentar dos trampas a la hora de abordar asuntos importantes, como el que ha encabezado este artículo. La primera, despachar temas difíciles patinando sobre el hielo de la superficialidad. La segunda, tal vez más peligrosa, que se puede dar desde la sofisticación del ámbito universitario, cultural o científico, implica dejar de lado preguntas como la que en esta tarde de confinamiento abordó Luri. Y se subió a hombros de gigantes, como acostumbra a hacer, para recuperar aquella tradición que ha pensado acerca de lo propiamente humano. Porque como en alguna ocasión ha dicho, no se conforma con ser “sólo moderno“.

Felicidades a la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán por esta iniciativa, que sin duda permite ensanchar – no sin dificultad – el marco de reflexión de los grandes asuntos de nuestro tiempo.

Puedes ver la conferencia completa – que aquí solo hemos esbozado con algunas ideas – y el coloquio posterior en este vídeo.

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